Ni en sus peores pesadillas supo imaginar su futuro de esa forma. Había sido una chica prometedora, inteligente, carismática, utópica y algo rebelde. Se sentía especial, diferente al resto. Cada vez que oía eso de, “nunca he conocido a nadie como tú”, ella se decía para sus adentros “lo sé”. Sentía lástima de cada individuo con quien se cruzaba por la calle, pensando en lo superficial e insignificante que sería su día a día. Porque ella era más, mucho más que eso. Más que un café por la mañana y otro después de comer. Más que la rutina de leer el periódico cada domingo, o de acostarse con la sensación de poca o nula satisfacción noche sí y noche también. No, ella no era así. Ella era única. Su vida sería única.
Tenía a su lado a una persona maravillosa, casi tan maravillosa como ella misma, a quien solía llamar su alma gemela. Cada segundo que pasaban juntos era un desafío a esos escritores pesimistas que no auguran más que mierda en cada párrafo. Con él todo era perfecto. En un par de años se irían a vivir juntos, y se dedicarían a recorrer mundo, arreglando las miserias que encontraran a su paso.
Nunca se paró a pensar qué sería de ella sin él. No importaba, era una mujer fuerte, capaz de superar cualquier obstáculo. Una llamada de teléfono se lo quitó todo. Él también era fuerte, jamás iría al médico por un simple dolor de estómago. Estaba acostumbrada a esa terminología médica, la entendía perfectamente, pero no esperaba oírla. No de esa manera. No en esa conversación. No sobre esa persona.
Ahora era ella quien daba lástima. Tantos amigos a su alrededor, intentando consolarla por una pérdida que según ella no merecía. Nadie comprendía su dolor. Se fue alejando de cada uno de ellos, poco a poco: primero los conocidos, luego los compañeros de facultad, y por último los amigos de toda la vida y la familia. Cuando quiso darse cuenta, lo había perdido todo. El futuro brillante que le esperaba se había vuelto mate, con varias capas de polvo y manchas de sangre y alcohol. Lo único que conservaba algo de brillo era un espejo de mano, que había robado de una tienda de cosméticos, y que ahora sólo estaba adornado por restos de cocaína.
Nada podía hacerle recuperar lo que más había querido. Vivía sumida en una depresión que sólo el alcohol y la coca nublaban temporalmente. No tenía trabajo, pero sí dos formas de pago. Una, para el casero, quien era en realidad el primo de su madre, y que le dejaba vivir en el trastero de un viejo local a cambio de que ella le mostrara, una media de un par de veces a la semana, la flexibilidad que consiguió tras varios años de gimnasia rítmica en la escuela primaria. Sólo tuvo que aprender a dejar la mente en blanco. Entonces era como montar en un coche que va en punto muerto cuesta abajo.
Su otra forma de pago era para lo que ella consideraba su medicación antidepresiva. No sólo le aportaba dinero y de vez en cuando satisfacción física, sino también satisfacción psicológica. Cuando uno de esos tíos se le acercaba con un par de billetes y se la llevaba al coche, o al baño de un bar mugriento, ella recordaba las largas conversaciones con su novio sobre lo triste que debía ser pagar por tener sexo sin amor, y lo fácil que sería todo si el resto del mundo viera algunas infidelidades como ellos: una cuestión física, y perdonable. Recordaba cada vez que habían hecho el amor, todas y cada una de ellas, pero especialmente la última, escuchando su canción favorita. Cerraba los ojos y recordaba cómo él la besaba y le susurraba al oído que la quería. Por un segundo le pareció estar viendo sus ojos verdes de nuevo, mirándola fijamente, notando su respiración acelerada y entrecortada con cada movimiento. Esta era la mejor droga, la única manera de mantener el recuerdo vivo.
Pero después de cada escena, en el entreacto, no podía evitar sentirse culpable. Por haberse creído tan especial. Por no haber disfrutado cada café con él, y no haber tenido la posibilidad de leer el periódico junto a él. Todas esas cosas que hacía la gente vulgar, que ella creía tan innecesarias y tan… corrientes. Las aspiraciones que tuvo de pequeña, salvar el mundo, ser alguien, por fin habían pasado a un plano tan minúsculo que apenas podía imaginarlo. Ahora sólo deseaba olvidar en lo que se había convertido, y poder tener una segunda oportunidad. Un trabajo, un coche familiar y una casa con jardín en una de esas urbanizaciones de los folletos publicitarios.
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[Mime, te dije que lo haría... aunque mi (primer) relato no es tan bueno como el tuyo, claro
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