Nunca me miraba mientras se quitaba la ropa, realizaba en silencio el ritual de bajarse las prendas, de quitarse el vestido y tumbarse en la cama… pero no era sólo quitarse el vestido y tumbarse en la cama, se desnudaba también de sí misma, se desvestía los recuerdos doblados sobre la silla y se doblaba y se tumbaba y esperaba… y entonces yo dejaba de mirarla y me quitaba la ropa, sólo quitarme la ropa y tumbarme en la cama.
A veces siquiera nos mirábamos los ojos. Yo los cerraba siempre, igual que se cierran los libros cuando no hay más que leer, aunque haya. Ella también los cerraba, yo lo sabía, y hacíamos el amor como íntimos desconocidos en una fantasía de la fantasía, esforzándonos por retener en los labios el nombre de un amante o de otro y no escuchar los jadeos y placeres que nos traían de vuelta a aquella cama, aquella relación muerta-y-enterrada que nos mantenía unidos, siempre uno sobre otro, nuestra suerte de necromancia.
Otras, en cambio, nos daba por charlar largo rato compartiendo un pitillo, un libro o una copa como si nos quisiéramos, efecto secundario del sexo en otra cama, artificio monógamo, compañerismo más bien. Nunca nos amábamos en estas ocasiones, estábamos con alguien nuevo, distinto, ella con otro y yo con otra, pero en la misma cama, solos los dos, evitando estropear la buena compañía con otra-vez-los-ojos-cerrados, otra-vez-imaginar-y-retener… hasta que se acababa el pitillo, la copa o el libro y de nuevo volvía el riesgo de conocernos, hola-qué-tal, y apagábamos la luz respetando la frontera, apretados los ojos para ver el cielo estrellado, las luces blancas y violetas.

